En los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento
Albert Einstein

La posesividad: Fiorella y Picarello...

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By prosomnis at 2009-07-18
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(SIGUE TEXTO)
Fiorella decidió desde un principio que iba a amar a ese pájaro y con el cuidado mimo se fue ganando su confianza hasta que consiguió sentirse de verdad correspondida. Picarello, que así loe llamó, tardó un tiempo en vencer sus miedos pero al final se rindió: se dejaba acariciar, coger, cepillar, comía de su mano y la saludaba siempre, cuando llegaba, con unos preciosos y alegres cánticos que a ella lea llegaban al alma… A los tres meses ya salía de la jaula, daba pequeños paseos por su habitación y se posaba en su hombro, o se acurrucaba en su mano y la picoteaba muy suave, muy tiernamente. Era su querida mascota, su amado pajarillo, y para Fiorella eso significaba mucho más que tener un rico y preciado tesoro.

La niña no recuerda cuáando empezó todo. Habían pasado dos años y las cosas habían cambiado mucho… Aquella maravillosa relación ahora se había vuelto angustiante. Una tristeza monumental y una inevitable distancia se habían instalado en los cada vez menos frecuentes contactos que mantenía con Picarello… Quizás fue aquel terrible día… Alguien había dejado la ventana de la habitación entreabierta y el pajarillo, en su cotidiano paseo, lo descubrió y salió… Salió al libre aire y voló por el infinito espacio. Fiorella se asustó mucho, su espera fue terrorífica: su pajarillo podía perderse, podía ser devorado por cualquier hambriento palomo, podía… Pero Picarello regresó, pasada una hora y media volvió a casa y, agotado, se tumbó en el regazo de su amiga y buscó sus mimos con más anhelos que nunca.
Esa fue su primera escapada. Luego vivieron muchas otras. La niña entendió que siempre iba a volver y supo percibir la felicidad que esos vuelos a la libertad implicaban para su amiguito y no podía negárselos: era ella misma la que, cuando sentía que el pájaro lo buscaba, le abría la ventana.
Pero no, en verdad todo empezó otro día… Fiorella, aunque no quisiera admitirlo, lo sabía… Fue al regresar de uno de sus viajes cuando Picarello se posó encima de su mano y empezó a cantar… Estaba feliz, increíblemente alegre… ¡Más que nunca! La niña, al verlo así, al principio también se puso muy contenta, pero luego empezaron las dudas… ¿Qué o quiéen loe había puesto tan contento? ¿Habría quizás conocido una bella pajarita? ¿Quizás otra niña? La incertidumbre la atacó y los celos de lo desconocido la forzaron a grabar con un "es mi pajarillo" una desconfianza que no le dejaba otra opción: ¡Nunca más!
Y la ventana se cerró para siempre. Picarello seguía saliendo de la jaula y buscando el cariño de Fiorella, pero en sus paseos por la habitación no cesaba de lanzarse contra el cristal de la ventana. ¡Cuáantas más ganas mostraba de salir más firme era la decisión de no dejarlo! Y así siguieron hasta que un día el pájaro, en uno de sus choques contra el transparente muro que le impedía salir, se hizo tanto daño que quedó medio inconsciente… Y la niña tuvo que pararlo: antes de sacarlo de la jaula le ataba a una de sus patitas un fino hilo de seda y finalizó con sus impetuosos vuelos hacia la libertad.
Fiorella seguía acariciándolo, besándolo, abrazándolo,… Intentó mimarlo más que nunca y no entendía la indiferencia que recibía a cambio, no podía comprender la tristeza que embargaba a su estimado amigo… Y un día lo agitó con fuerza y le chilló: "¿Qué más quieres? ¡Yo te doy todo lo que necesitas! ¡Pajarraco desagradecido!" La respuesta fue clara y contundente: un picotazo en la mano que la hizo sangrar…
Picarello no salió más de la jaula. Ahora tenía lo justo: comida, agua y limpieza. Lo justo y poco más: algún saludo de vez en cuando, muchas recriminaciones,... Picarello ya no cantó más, la melancolía y la rabia se lo impedían. Si hubiera podido hablar quizás se hubiera arreglado todo. Si hubiera podido le habría contado a su amiguita que se sentía prisionero, que necesitaba sus escapadas simplemente para tomar aire, para descubrir el mundo, ese mundo que nunca podía limitarse a una habitación, a una morada por muy cálido que eso fuera, ese mundo que no podía cerrarse en una sola relación. Si hubiera podido le hubiera dicho a Fiorella que sí, que había conocido otros pájaros, que incluso había flirteado con alguna hermosa pajarilla, que también se había posado en otros hombros y se había dejado acariciar por otras manitas, pero que nunca nadie le había dado lo que ella le ofreció tan intensamente: ella era única para él y su amor era el más especial, el más deseado, el más querido… Su vuelta a casa después de cada viaje era una vuelta al hogar, al amparo del amor y a la seguridad, a la armonía que conlleva. La inmensa alegría que había mostrado aquel día al retornar no se debía a lo que afuera había encontrado, venía únicamente motivada por lo que reencontraba.
Pero Picarello no sabía hablar y Fiorella no podía entender algo que debería estar muy muy claro: si le cortas las alas a tu amor, si le privas de la libertad, si pretendes encadenarlo a ti, no vas a conseguir mantenerlo, más bien lo contrario, obtendrás su alejamiento. El miedo a perder es normal y hay que luchar contra la desconfianza que produce. Si no sabes, puedes acabar siendo tú quien provoque lo que más temes.


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